El mes de noviembre nos ofrece en España dos de las citas más interesantes que cada año tenemos con la música contemporánea en este país: el Festival Vertixe y el Festival ME_MMIX, dos ciclos que en 2025 han estrechado lazos para afrontar conjuntamente producciones musicales que se han podido ver tanto en Vigo como en Palma de Mallorca, beneficiando así a un mayor número de oyentes y apostando por una cohesión cultural tan importante en estos reinos de taifas —como decía Juan Goytisolo— que tantas veces son nuestras comunidades autónomas.
Tras habernos acercado ya a la jornada del 20 de noviembre en el Festival ME_MMIX, lo hacemos hoy a la que tuvo lugar un día después, en la que el público balear pudo disfrutar de hasta cuatro conciertos de muy diferentes estéticas: seña de identidad por antonomasia de la programación que, un año más, nos ha propuesto Mateu Malondra.
El primer concierto al que asistimos el viernes 21, con la oboísta Pilar Fontalba como protagonista, fue un perfecto ejemplo de esa diversidad estilística, comenzando por la música del compositor cubano Louis Aguirre, un creador del que Pilar Fontalba lleva estrenadas un buen número de partituras que muestran el profundo atavismo de su música y los vínculos de Aguirre con la religión yoruba. Moyugba Eggun (2022, rev. 2025) refrenda dichos lazos, ya desde el desgarrado grito inicial con el que Fontalba despierta a los espíritus de los ancestros, uniendo en su invocación bombo con pedal y un oboe que, en sí mismo, también se convierte en un grito primordial.
Frente a la violencia desgarrada con la que comenzó el recital, La peau douce (2021), partitura para oboe y electrónica de la compositora malagueña Carolina Cerezo, nos sonará extremadamente sutil y refinada, convocando el recuerdo de la soberbia película homónima de François Truffaut. Estamos ante todo un ejercicio de memoria que Pilar Fontalba lleva a cabo arrodillada frente a una serie de objetos (guitarra, pandereta y cajas) sobre los que se disponen transductores cuyas resonancias exploran esa piel suave de la materia, profundizando en lo multisensorial de la realidad que nos rodea.
Con pasajes pregrabados (por la propia Fontalba), asistimos a toda una superposición de capas acústico-electrónicas que se multiplican por la manipulación que la oboísta lleva a cabo de los objetos, rozando con los transductores sus superficies y proyectando en ellas el canto de un oboe que expone sus melodías de armónicos cual si ecos de la música andalusí se hubiesen desgajado de una conciencia que da vueltas sobre sí misma, despertando los objetos trazos de memoria al ser acústicamente activados. Por tanto, la apertura de las cajas en La peau douce las convierte en auténticas cajas de Pandora musicales por medio de las que el pasado (como los espíritus yoruba) regresa, permeando la fina piel del olvido. No son esos recuerdos, en todo caso, siempre dulces, y las partes tocadas con oboe sin caña, en aire sin tono y flatterzunge, revelan una tensa rugosidad que destaca oscuros matices hasta el rascado final de la pandereta en círculos que devuelve a Fontalba su interioridad, abismada a un tiempo que gira sobre sí mismo.
De vuelta a la música de Aguirre, escuchamos Oriki a Oló-Okún (Dona nobis pacem) (2022), partitura que Pilar Fontalba estrenó en Santiago de Compostela en el marco de la Academia Cardinais de Vertixe Sonora. En ella, Aguirre comparte sus experiencias como sacerdote yoruba, dejándonos todo un ritual por la paz. Rítmica y armónicamente referenciado a las ragas indias, Oriki a Oló-Okún incluye recitado y canto, convocando ecos de Giacinto Scelsi y su universo microtonal (tan influido por la música oriental). Todo ello conforma una plegaria que levitó en Es Baluard, y si en su estreno Pilar Fontalba tocó sumergida en un diseño de luces que remedaba las estrellas, en Mallorca lo hizo en un paisaje análogo: el de la muestra de la artista brasileña Sandra Cinto Preludio para el sol y las estrellas, reforzando así otra de las líneas de actuación fundamentales que guían al Festival ME_MMIX: el diálogo entre la música y las artes.
Escrita para oboe y electrónica por Mikel Chamizo, Kaia (2013) homenajea el sonido de los puertos y su historia milenaria, que aquí se remonta hasta la antigua Grecia. La electrónica convoca el paisaje natural de dichos puertos, dando voz a los pájaros y multiplicando las señales acústicas del mar, como espacio de encuentros. Son ecos que brotan espejeados por las olas, hasta que llegan a la costa y se topan con la poliédrica complejidad de un oboe que da voz al hombre, intuyéndose aquí influencias que van del Dialogue de l’ombre double (1985) de Pierre Boulez a Richard Wagner, de cuya sublime Tristan und Isolde (1855-65) escuchamos una cita del motivo de corno inglés que, en quejumbroso lamento y también a orillas del mar, abre el tercer acto de dicha ópera: motivo que progresivamente se va deconstruyendo y, cual filtrado por las olas en el puerto, adquiere nuevas formas en un alarde de virtuosismo por parte de Fontalba.
En los últimos compases de la partitura, la oboísta evoca de forma más explícita el sonido del aulós griego, tocando dos cañas al mismo tiempo sobre un fondo de electrónica que parece desgajar sonidos previos de su oboe lanzándolos contra un dique, el de la memoria, que les da nueva forma en cada sucesiva ola del recordar.
La última pieza de Louis Aguirre, Mariwanga (2025), nos recordará a Moyugba Eggun, con unos ciclos de oboe en trinos y multifónicos cuyos ritmos buscan sincoparse con los del bombo. Estamos ante una nueva reflexión sobre la muerte; de ahí, las citas del Dies irae progresivamente desfiguradas cual si celebrásemos beodamente en un cementerio mexicano el Día de los Muertos. Por tanto, toda una danza macabra a la que nos invita una Pilar Fontalba que parece poseída por el trance, con los histriónicos gritos con los que rubricó una interpretación técnica y expresivamente apabullante, a la altura de quien es una de las mejores oboístas de Europa en el repertorio contemporáneo.
De ello fue otra aquilatada muestra el comienzo de Kalam (2025), partitura del compositor jienense Guillermo Cobo que escuchamos en su estreno mundial. Y es que el saturadísimo multifónico en glissandi con el que arranca la partitura es una auténtica exquisitez técnica que pocos oboístas podrían desgranar con el criterio y la perfección mostrados por Fontalba, dejándola (incluso a ella) exhausta tras cada ciclo en el que nos transmite la sensación de que, más que un oboe, escuchásemos un trío instrumental: tal es la multiplicación de multifónicos de la que Pilar Fontalba fue capaz en Es Baluard.
Como en Oriki a Oló-Okún, el fondo pictórico que vimos durante la interpretación de Kalam —la instalación La Noche (2025)— resultó idóneo, pues en él contemplamos escaleras y espirales que parecen desgajar las secuencias de parciales extraídas al oboe a lo largo de sus cadenas de armónicos, haciéndose la imagen sonido, con un punto mayor de rugosidad frente a la etérea limpidez del mural. El tiempo es otra dimensión crucial en Kalam, por cómo lo habita y desmenuza Fontalba en sus sucesivos cambios de velocidad a la hora de exponer los multifónicos, según dilate sus ciclos en función de los cuales unas u otras resonancias quedan flotando en el aire, cual notas encontradas en esos eternos silencios de los espacios infinitos que tanto atemorizaban a Pascal.
Cerró el concierto de Pilar Fontalba Los ratones (2017), partitura para clarinete de la sevillana Reyes Oteo que en Mallorca escuchamos en versión para oboe. Basada en poemas de Juan Gabriel Jiménez, más allá de su chusquero recitado, lo más interesante de esta obra en la que Fontalba va cambiando de atriles son las tan variadas técnicas extendidas que se desgranan en el oboe, todas ellas conformando una paleta que musicaliza la vida y los movimientos de los roedores a los que nos remiten los versos.
Tras el concierto de Pilar Fontalba, nos dirigimos al aljibe de Es Baluard, un espacio de enormes posibilidades acústicas debido a su alargada conformación con una bóveda de cañón que crea unas resonancias especialmente inmersivas. En ello incidió EMEA (nombre artístico del músico balear Miquel Alzanillas) en su sesión electroacústica, desarrollando una y otra vez diálogos con las imágenes por el propio EMEA creadas y cuya proyección disfrutamos para comprobar cómo las formas geométricas del Aljub (descompuestas sus estructuras en primas y cilindros) eran la base para una electrónica de carácter netamente estructural y arquitectónico.
Igualmente, la electrónica resultó fundamental en el concierto de la pianista mallorquina Neus Estarellas, con el que el Festival ME_MMIX siguió poniendo en valor el talento de los artistas baleares. A Estarellas se unieron Anxe Faraldo, en la electrónica, y Bruno Cominetti, en la sonorización, para volver a incidir en la poderosa sensación de inmersión con la que nos han hecho habitar la arquitectura del aljibe de Es Baluard.
En el caso de la primera partitura interpretada por Neus Estarellas, Etouffée (2015), obra del compositor esloveno Vito Žuraj, nos encontramos con un estudio para piano preparado mediante el uso de masilla adhesiva para amortiguar el sonido del cordal excepto en catorce teclas, lo que crea la sensación de que estuviésemos escuchando dos pianos en uno solo, algo que —según Alwyn T. Westbrooke— convierte al piano en «una especie de híbrido entre un xilófono y un conjunto de gongs javaneses».
Por descontado, los ecos estilísticos también nos conducen a John Cage, proliferando en el comienzo de Etouffée constelaciones que, pese a la amortiguación del piano, inciden en un poderoso martellato. Oscilando entre la sequedad del rumor y el fulgor de unos armónicos redescubiertos por contraste con las cuerdas apagadas, los compases centrales fueron expuestos con un virtuosismo que evocó tanto el piano mecánico de Conlon Nancarrow, en sus secuencias de polirritmos, como las escaleras ligetianas; todo ello, sin escatimar dejes románticos que actualizan la impronta de un Liszt que parecía haber sido llevado a la libre sensualidad del jazz. A mayores, le sumamos una capacidad por parte de Neus Estarellas para exponer diferentes ritmos en sus compases en anillos que fue de auténtica impresión, como su forma de crear estructuras, ecos estilísticos y evocaciones estéticamente tan diversas como las que aquí nos ofrece Vito Žuraj.
La segunda partitura, Embâcle (2009), del francés Jérôme Combier, también comienza de forma impetuosa en el registro grave, expandiendo su sonoridad Neus Estarellas con agudas fricciones en el cordal que establecen los primeros contrastes de color en una obra que, por su concepción del cromatismo, pareciera un Skriabin del siglo XXI. La diferencia de sonido entre las cuerdas preparadas y las de sonoridad natural crea, como en Etouffée, un atractivo contraste que, en el caso de Combier, parece remitirnos al koto japonés. Es, ésta, una dicotomía que Estarellas explora una y otra vez en un piano que lucha contra la gravedad por su búsqueda de una tesitura aguda que, sin embargo, se precipita a un registro grave que ancla e imanta el vuelo armónico de Embâcle.
Cual si del vizconde de Italo Calvino se tratase, escuchamos en Embâcle un piano demediado en cuya mitad izquierda del teclado se apaga la armonía, mientras que en el registro agudo resplandece el color en busca del silencio final, con un fraseo en rallentando que se va deteniendo hasta que una postrera activación del cordal vuelve a producir una aguda resonancia que devuelve nuestra memoria a los paisajes del origen.
El soberbio concierto de Neus Estarellas concluyó con la música del compositor mexicano Arturo Fuentes, de quien escuchamos la pieza para piano, piano de juguete y electrónica Delirios (2024), una obra estrenada por la propia pianista mallorquina. En ella, la música techno dialoga con la creación artística contemporánea, señalando una fuerte divergencia con las partituras precedentes, algo que refuerza esa apuesta por la pluralidad de estilos que en el Festival ME_MMIX converge.
En un contraste total con el arranque de Embâcle, comienza Delirios en las octavas medias y agudas del piano, de forma obsesiva, con recitados y una electrónica inmersiva que crea los diferentes ambientes para las alternancias entre piano de cola y piano de juguete, instrumento que evoca el sonido de la infancia, cual si éste fuese una caja de música: un destello de otras posibilidades armónicas en el constante juego de préstamos que entre ambos pianos y la electrónica se da. Por su forma de trabajar esta última, nos encontramos ecos de las bandas sonoras de Iván Zulueta para sus películas de viajes, tan rítmicas, dinámicas y con un deje lisérgico. Otras evocaciones nos conducen a pianos más tensos y aguerridos, como el de Luigi Nono en …..sofferte onde serene… (1975-77), tanto por sus constelaciones tan virtuosísticas como por los vínculos y ecos entre piano y electrónica: toda una dialéctica de espejos como forma de memoria.
En ese diálogo, el piano de juguete insufla ternura a Delirios, pero, al mismo tiempo, algo perturbador e irreal, como los compases en los que ambos instrumentos realizan variaciones en eco (impronta austriaca en la música de Fuentes aquí contrapuesta a lo más repetitivo del pop), pasando de un timbre que remeda al carillón a una saturación rítmica digna de Ligeti. Una apuesta musical, por tanto, muy completa y fiel epítome de nuestro presente, la que nos ofrecieron Neus Estarellas y el Festival ME_MMIX, en un concierto que tuvo como fin de fiesta una sesión de DJ a cargo de Ishak Benavides.
Paco Yáñez